Renqueantes pero decididos. Así salimos del albergue y de Villafranca del Bierzo. En 100 metros nos encontraremos con la oscuridad y el cielo con su manto de estrellas en todo su esplendor. El firmamento nos avisa de la belleza que va a acompañarnos toda la jornada, pero es una belleza envenenada: Etapa Reina. 7 horas y media en movimiento es lo previsto, casi 1000 metros de desnivel concentrados en su mayor parte al final, como una buena etapa ciclista que deja a los corredores desgastados para el espectáculo y la batalla finales.
Linternas de móvil, noche profunda, ponemos la directa y olvidamos los dolores. Tenemos un objetivo claro: queremos ventilarnos los 20 kms que nos separan del inicio del infierno en los pies, del cielo en los ojos. Queremos evitar el calor a toda costa y dejarlo para el final, porque sabemos que a media subida llegaremos sí o sí, por Santiago o por tozudería.
Avanzamos veloces, avituallamiento farmacéutico en Vega de Valcarce, qué bonito pueblo, y llegamos hasta las Herrerías. Fin del llano y puente romano en un fresco remanso del río. No puede haber mejor lugar para coger fuerzas. Pasan Efraín y una de las japonesas de Barcelona. Nos animamos y regalamos coraje a distancia. Esta batalla es para todos. Y ahí vamos.
Pocos peregrinos. Subida solitaria. Es un reto personal. Nos damos relevos, como dos buenos aliados ciclistas repartiéndose etapa y gran vuelta. Carrieras empedradas, trampas escondidas en cualquier rincón, y lo bonito del entorno es otra de ellas porque desviar la mirada del suelo un instante más de lo necesario puede acabar con la aventura. Apretamos, subimos la primera mitad del tirón y hacemos un descanso en la Faba, el conocido como último rincón del Bierzo. Una fuente y un muro tupido para estirarte descalzo es el último receso de las hostilidades.
¡Maldición! Salimos del pueblo y el horizonte se convierte en una pared y la vegetación que nos abrazaba se despide del todo. Estamos solos con nuestros dolores. Pisando con cautela para cuidar las ampollas de los pies. Y ahí que subimos, determinados. Raquel necesita un plus y se pone música motivacional. De casi no seguirme el ritmo hasta un km atrás pasa a tirar en cabeza a un ritmo muy fuerte y me empieza a descolgar. La oigo silbar. Es el colmo.
Y así atravesamos la última aldea de León, y dejamos el verde del Bierzo, qué comarca, para dar paso al verde de Galicia. Me abrazo al hito fronterizo, huele a victoria. Raquel piensa en Olimpia, su tía, que es oriunda de esta hermosa tierra. Y último km y medio, trayecto en sendero rodeado de helechos en el que finalmente se abre ante nosotros la aldea de O Cebreiro. Qué bonita. Aún no me he ido y ya quiero volver. Casitas de piedra, pallozas de tradición ancestral céltica y vistas majestuosas. La iglesia más antigua del Camino, con sus restos prerrománicos, la leyenda del grial, la historia de la reina Isabel la Católica...
Comemos un menú contundente, nos lo hemos ganado, compramos en un orreo-palloza que es el supermercado del lugar y con el Bierzo y Ponferrada en la lejanía, charlamos con Efraín y un amigo irlandés que ha hecho caminando, un quincuagenario irlandés muy simpático, Noel, que me permite practicar por primera vez la lengua inglesa, aunque el interlocutor no sea muy amigo de los súbditos de la reina. Reímos. Nos seguiremos viendo en el camino. Para terminar misa del peregrino. Es bonita, íntima. Todos en semicírculo terminamos bendecidos con sentimientos de hermandad, agradecimiento y sensación de estar viviendo una experiencia única en la vida. El sacerdote nos recuerda que las flechas amarillas nacieron de un párroco de esa iglesia que recuperó el camino. Las piedrecitas negras de ónix con las flechas dibujadas, regalo inesperado, las guardaremos por siempre.
La jornada termina con una mirada pausada al horizonte con el sol cayendo tras las montañas con sus fulgores decadentes. Hasta la puesta de sol es diferente en O Cebreiro. Esto es el Camino. Y desde ahora hasta Santiago: o Camiño.
E.









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